“Turn Blue”, The Black Keys se hacen mayores

A veces concebimos la madurez como la capacidad para afrontar los cambios de una manera saludable. En la música sucede lo mismo. Tarde o temprano hay que cambiar de tercio para no dejar de sorprender y ése es un momento crucial en la discografía de un grupo. Para The Black Keys ha llegado ese momento con Turn Blue, un disco mucho más oscuro de lo que nos tenía acostumbrado el dúo de Akron, Ohio. Y, aunque de primeras pueda causarnos un ápice de decepción se conforma como un gran disco de introspección. El blues rock de Dan Auerbach, el líder, ha evolucionado desde aquellos primeros sonidos canallas y garageros de I’ll be your man, aquel single que abanderó el surgimiento del grupo con gran osadía.

Después de The Big Come up (2002) han dado a luz a una infinidad de hits que han rozado cada vez más lo comercial y que se han hecho hueco en los clubs de todo el mundo. El Lonely boy es tema fundamental en cualquier garito que pretenda desmarcarse de las avalanchas reggaetonianas. Además, también han hecho trabajos más experimentales y puros como es el enorme disco tributo al bluesman Junior Kimbrough, Chulahoma (2006).

Y tras El Camino (2001) y Brothers (2010), que son una fábrica de singles pegadizos, llega Turn Blue (2014) para volver de otro color el sonido del grupo, coincidiendo con los problemas de Dan Auerbach con su exmujer Stephanie Gonis, que intentó suicidarse delante de la hija de ambos y prendió fuego a su casa de Nashville. Es reconocida por el músico la influencia que estos amargos episodios han tenido en temas como Weight of love, donde parece hablarle directamente a la que solía ser su mujer para decirle que aquellos días han tocado su fin y que, a pesar de todo, siempre estará en su cabeza. Una canción de desamor que suple la falta de poesía que Bob Dylan le dio a Blood on the tracks para convertirlo en el disco de las rupturas, con una serie de riffs revestidos de lamentos.

Así pues, títulos como Year in Review o la magnífica Bullet in the brain, nos ponen ya en situación. Una parte instrumental más cuidada y con mayor protagonismo que pretende crear un ecosistema color de azul en vez de zarandearnos con melodías pegadizas. Un disco para pensar y cerrar los ojos mientras esa espiral de colores de la portada va intercambiándose en nuestra mente entre el rosa y el azul, al igual que nuestros sentimientos.

Pero también reconocemos sonidos de los anteriores trabajos en Fever, el single que ha lanzado el disco y que sí tiene ese tono lúdico de las pistas de baile que venían haciendo. Y, por supuesto, la labor de los teclados que, desde hace varios trabajos, son parte fundamental de sus melodías (como en 10 lovers). Incluso atreviéndose a emular el sonido de los Stones en Gotta get away para despedirnos de una época pasada a todo volumen y con el pensamiento de que, aunque ojalá hubiéramos ido muy lejos, aquí seguimos intentándolo con el mejor blues rock de la parrilla musical actual que, con permiso del mismísimo Jack White, nos sigue deleitando con esos solos de guitarra sucios y llenos de electricidad.

Pablo Melgar

Autor: Pablo Melgar
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