Retratos en negro: Juan Madrid

Lo primero que uno piensa cuando se cruza con Juan Madrid es que es un personaje huido de la página de una de sus novelas. ¿Estás ante Toni Romano, el protagonista de buena parte de sus tramas policiales? Te mira a través de sus gafas, con el cigarrillo humeante entre sus labios finos, y parece medirte, calcular cuántos asaltos aguantarás antes de besar la lona. Cuando le das la mano, te la coge, la apresa, y aprecias en todo él cierta tensión, como si estuviera a punto de saltar sobre ti.

Madrid (Málaga, 1947), malagueño a pesar de su apellido, es tan franco y directo en la vida real como en sus novelas. Si viviera en Estados Unidos sería el self made man típico del país de las oportunidades, alguien que escaló desde muy abajo todos los peldaños del periodismo y que desde la realidad se fue a la ficción porque ambas son vasos comunicantes que se nutren. Madrid no es de los que escribe con un ordenador bajo el brazo sino de los de blog y lapicero en la oreja: está tan reñido con las nuevas tecnologías que no tiene teléfono móvil ni correo electrónico.

Escritor social y, por eso, negro, porque sólo desde lo negro se puede criticar la podredumbre de la sociedad en la que vivimos, es un tipo de atleta, mirada acerada y desafiante y entrena a diario con un saco de boxeo, por lo que pueda pasar. Lo que le molesta son sus gafas. —Tengo que sacármelas siempre, claro, para que no me las rompan. Y no veo muy bien entonces. 

Como el luchador de El club de la lucha, este periodista novelista cuyas novelas son crónicas sociales de la España en la que vivimos, es de los que pelean sin pensárselo dos veces. Más de un crítico y más de un director de periódico ha sufrido con sus prontos pugilísticos. Pero la edad la nota y por eso de alguno de sus últimos encontronazos callejeros ha salido mal parado, por no calibrar la juventud de su contrincante y por fiarse sólo de los brazos cuando el otro era también maestro en utilizar las piernas como arma contundente.

—El otro era un negro de metro ochenta que sabía kung-fu y las patadas no sabía de dónde me venían—dice, quitando importancia a su derrota, bajo una gorra que siempre le acompaña y con esa mirada pícara que se filtra a través de sus gafas, riéndose de sí mismo.

Acodado a la barra de un bar y con unos cuantos orujos cosquilleándole la lengua te cuenta historias que parecen guiones de sus próximas novelas, como el de ese escritor, más boxeador que literato, que lleva una eternidad deseando cruzar los guantes con él, seguramente para hacerle besar la lona.

—La última vez que quedé con él me lanzó un crochet de improviso cuando estaba tomando una cerveza. Evité el golpe por los pelos. Ya no lo he vuelto a ver. Le he dicho que me olvide, que se dé por ganado en ese combate que no se va a celebrar.

Como escritor es de los mejores, pero de sus conversaciones salen también un sinfín de historias porque domina la oralidad. Puede hablar del Juan Madrid criado entre las piernas interminables de las coristas de los teatros de varietés de Madrid; del Juan Madrid garimpeiro en Manaos que recorrió el Amazonas, y no precisamente en hoteles de lujo, a dieta de lagarto; del que se pasea por los prostíbulos de peor nota de Tijuana, aquellos en donde los porteros van armados hasta los dientes para disparar contra el cliente que abandona sus camas sin pagar; del que va a la selva Lacandona a ver al subcomandante Marcos y se cruza con Manolo Vázquez Montalbán. 

Quedar con Juan Madrid para tomarse unas cervezas puede ser el inicio de una larga noche que no acabe nunca. Recuerdo con él una noche de alcohol que se prolongó hasta la mañana entre colegas, todos treintañeros y muchos ya muertos, en la que secamos un bar de Valencia, y Juan se fue de allí victorioso al alba con la rubia a la que había echado el ojo, porque Juan Madrid además de escritor es cazador y no es de los que fallan. El malagueño se ha construido, a base de muescas en donde todos imaginamos, una bien labrada fama de mujeriego que pone los pelos de punta a las feministas que se lo toman en serio y ante las que el novelista 

no se corta un pelo, porque lo políticamente correcto y la diplomacia no se han hecho para este animal de lucha que es Juan Madrid. Escribir y follar son actos que relajan la vida y alejan la muerte, lo ha dicho uno de sus personajes: él.

—Cuando no se folla se está de muy mala leche. Lo vi cuando estaba con los garimpeiros que follaban poco y tenían cara de estreñidos todos.

Oyendo su voz de aguardiente uno no puede dejar de pensar en su gran amigo del alma Joaquín Sabina con el que comparte esa fascinación por el mundo canalla y los perdedores. Este profesor de historia—se licenció en Historia Contemporánea por la Universidad de Salamanca—, profesor de guion cinematográfico en la prestigiosa escuela de cine de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños de Cuba en donde imparte clases desde hace una eternidad, comunista y castrista sin complejos, es un inmenso escritor, el Hemingway de la literatura española con el que le gustaría ser comparado. Madrid ha escrito muy buenos libros, muy buenas novelas y es un cuentista extraordinario cuya obra corta ha reunido Alfaguara.

—Soy como Scherezade, que prolongo mi vida contando cuentos— es otra de sus frases grabadas a fuego.

Si hay una novela que haya escrito en estado de gracia, ésa es Días contados, pieza clave de la literatura negra española, que Imanol Uribe convirtió en una de las mejores películas del cine español. Nadie como Juan Madrid para escribir esa crónica sobre Malasaña, sus putas, sus drogas y sus camellos de los años ochenta corroída por la verdad más absoluta.

Su escritura es directa, sin florituras ni sonajeros, como afirma Juan Marsé que deben ser las buenas novelas, con personajes de carne y hueso perfectamente definidos, porque Madrid los saca de su entorno o de sí mismo, y con historias contadas con lenguaje de la calle, frase corta, contundente y cortante como un puñetazo.

El malagueño, a poco que se le conozca, a poco que uno le escarbe y mire su interior, es un tipo tierno y encantador lejos del correoso cascarrabias que aparenta ser, alguien que escribirá hasta el final de sus días y que ama con pasión lo que mejor sabe hacer; para él no hay mejor amante que la literatura porque cuando está en uno de sus libros se olvida de todos y de todo.

—No sé cuántas novelas me quedan, pero ando detrás de la novela perfecta, aquella que sé que no voy a escribir nunca.

Pero no solo de literatura y de enseñar a escribir, en el Hotel Kafka de Madrid, sabe este malagueño desencantado. El cine le tentó con una película, Tánger, de la que no está muy satisfecho; para televisión escribió los guiones de Brigada Central, luego convertidos en novelas, protagonizados por Flores, el gitano policía, un oxímoron en toda regla, al que Imanol Arias ponía cara y fue una serie de 

éxito; y en Salobreña organiza cada año un festival de cine negro.

Ese Juan Madrid que no sabe distinguir ficción de realidad, porque su realidad es su ficción y su ficción la extrae de la realidad, suele empezar sus periplos por las ciudades en las que desembarca cogiendo un taxi y pidiéndole al conductor.

—Lléveme adónde nunca llevaría a su hermana.

Juan Madrid es un novelista de leyenda, de la leyenda que él mismo se ha forjado novela a novela y golpe a golpe. Uno de los grandes maestros de la novela negra que empezó con Beso de amigo y siguió luego una larga serie de ellas protagonizadas por Toni Romano, un alter ego con el que se ha vuelto a encontrar en Las apariencias no engañan, Regalo de la casa, Mujeres & Mujeres, Cuentas pendientes, Grupo de noche, Adiós, princesa y Bares nocturnos. La última Los hombres mojados no temen la lluvia, premio de novela Fernando Quiñones, la protagoniza el abogado Liberto Ruano.

En cualquier quijada ensangrentada hay matices, y con ellos trabaja Juan Madrid, que reúne una gavilla de crímenes de la España profunda, dijo de él Javier Goñi.

—Yo escribo para que me quieran—suspira, trotando por la acera, bajo la luz de las farolas, boxeando con su sombra mientras el mar de Salobreña lame la playa en la que ha recalado este luchador romántico que escribe novelas que son pura vida.

José Luis Muñoz

Autor: José Luis Muñoz
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