La Princesa Paca

Rosa Villacastín (Ávila, 1947) y Manuel Francisco Reina (Jerez, 1974) han unido sus esfuerzos para recrear el amor de novela entre Rubén Darío y Francisca Sánchez del Pozo. Cuando se conocieron en los jardines del Palacio Real de Madrid, el mítico poeta nicaragüense ya era llamado el Príncipe de las letras castellanas, mientras que ella, la futura Princesa Paca, era la hija mayor del jardinero del Rey, pobre y analfabeta. En ese verde escenario arranca una historia de amor que conducirá a sus protagonistas al París de la bohemia literaria y a diversas ciudades de la geografía española y europea.

El género escogido es la novela, en concreto la novela romántica en sentido puro. Esto a pesar de que la peripecia está fuertemente basada en la realidad y apoyada en una exhaustiva documentación histórica, lo que podría haber movido a los autores a optar por un género periodístico. El tono, acorde con el contenido, es marcadamente romántico, sentimental, emocional. El lenguaje sencillo hace la lectura apta para el gran público. El estilo, algo arcaizante, en ocasiones se acompleja e incurre en errores claros: “No había podido con el parto y la tristeza sobrevenida tras él, que en gran medida se debía a la ausencia de su amado, la fragilidad de su salud y el agotamiento, enviarle una notita a París contándole que ya había nacido su hija y las circunstancias en las que se encontraba”. Tampoco faltan unas cuantas erratas: “donde él tenía su habitación arrendaba”, “en las de las paredes”, “tantos es así”… Todo esto lleva al lector crítico a pensar que la labor de repaso y corrección de estilo se ha quedado bastante corta.

Asimismo, la elección de lenguaje sencillo e inteligible degenera en pobreza léxica: “Francisca ya planeaba en su cabeza cómo hacer para reunirse todos, por fin, definitivamente, en París o en Madrid”. “Miraba la gente y se sorprendía del murmullo constante de la calle, y de las conversaciones de la gente”. “Ella no sabía qué hacer. Él decía que si no tomaba licor ya no podía escribir…” Para terminar esta crítica al estilo y la edición, son remarcables un par de ejemplos de puntuación incorrecta o, al menos, muy dudosa: “Las páginas y las hojas crepitaron, volumen, tras volumen, indolentemente, con algunos nombres cuyo propietario conocía de Madrid”. “Ella veía cómo, aunque su genio seguía brillando, escribía incluso estando borracho, su cuerpo comenzaba a dar señales inequívocas de deterioro”.

La novela se estructura en tres partes, La hija del jardinero del Rey, La Princesa Paca y El baúl azul, de 13, 15 y 2 capítulos respectivamente. La historia está contada en estricto orden cronológico, con algunos saltos hacia el pasado de Darío. El narrador, en tercera persona, es omnisciente, pero no imparcial, porque toma partido siempre a favor de Francisca y de Darío. Podría decirse que es un narrador comprometido y en exceso moralista, que desea convencernos de lo execrables que eran los convencionalismos sociales y la mentalidad religiosa de la época. “Esa lección también la aprendió pronto: más fuerte que las leyes de los hombres y de Dios es la de la conciencia de uno”. “Contempló los gestos de aquella señora, no como la divinizada madre de Dios según los dogmas de la Iglesia, sino como una madre cualquiera que sostenía entre sus brazos el fruto de su vientre. Su hijo yerto y martirizado, muerto, por una razón que se escapaba de su doliente maternidad en aras de un supuesto motivo divino que ella no comprendería”.

Y luego está la poesía. La novela está trufada de poemas, principalmente del vate centroamericano, que es el personaje más atractivo, junto con su amada. También está sazonada de cartas inéditas de la pareja amante. Todo esto añade a la obra interés histórico y literario. Por sus páginas nos encontramos con personajes como Valle-Inclán, Amado Nervo, los hermanos Machado o Leonor Izquierdo, que dan vida y gracia al texto. También a la escalofriante antagonista, Rosario Murillo, la Garza Morena. En los capítulos finales, después de tanta carga sentimental acumulada, el libro consigue emocionar profundamente al lector, y eso es un mérito que hay que reconocer a los autores. Indicada para los lectores de novelas de amor y de Rubén Darío. Contraindicada para los gourmets de la literatura.

Francisco Delgado-Iribarren Cruz

Autor: Francisco Delgado-Iribarren Cruz
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