''La lección de anatomía'': recrear, crear, procrear

Marta Sanz en esta libérrima obra titulada “La lección de anatomía” (prólogo de Rafael Chirbes) nos obliga a ser mirones, unos voyeurs algo viciosillos que página a página vamos escrutando ansiosos a lo largo de los cuarenta años de la vida de una mujer con tal de pillarla en sus intimidades más excitantes y perturbadoras. Este es un ejercicio morboso que siempre complace; hay que reconocerlo.

Y como da la casualidad que la protagonista y narradora es la misma Marta Sanz, tal afán de osado paparazzi de lector se centuplica. De ese modo en plan cotilla descubrimos que la lectura de la presente obra se convierte en un aprendizaje muy recomendable sobre el cuerpo y sus servidumbres, la mente y sus recovecos y, sobre todo, las relaciones, vividas o imaginadas, con el mundo al fin y al cabo. Nociones todas que nos dan entidad como seres sociales o históricos. Como indica su título, la obra se refiere a la vivisección de un cuerpo, una mente y un entorno en el devenir del tiempo. No es una mera autopsia, siquiera simbólica; ejercicio vano que terminaría en sí mismo sin ninguna trascendencia. Ya que la persona objeto de este estudio anatómico elevado al cuadrado se halla viva, nos está mostrando en directo sus propias entrañas, a la vez que nos hace cómplices y cirujanos para que cortemos y suturemos a nuestro entender. Quiere que participemos de lo que está ahí yacente y expuesto.

“La lección de anatomía” es más que una autobiografía novelada de una mujer que nel mezzo del cammin di sua vita ─espero que sólo sea desde su primer tercio y que deje con tres palmos de narices a Dante─, nos cuenta su vida a partir de su dramático nacimiento hasta unos lúcidos y rampantes cuarenta años de mujer. Entre medias hallamos deseos, temores, ilusiones, frustraciones, descubrimientos, decepciones, pequeñas aventuras pero también las trazas de una epopeya personal que estaría incompleta sin el concurso del lector. Por ejemplo, cuando la niña Marta, durante el incendio de su casa en Benidorn, desesperada se empeña en encontrar a su madre desaparecida durante el siniestro. Al fin la halla en el salón, sentada y en calma. Entonces la señora responde a su hija que no ha salido huyendo del humo y de las llamas porque estaba esperándola. No hay más explicaciones de la buena mujer, mientras que la hija no reprocha esa insensatez a la madre, y enseguida sigue con el relato de otros episodios. Pero es el lector, lleno de emoción y saturado de desconcierto, quien carga con la responsabilidad de adentrarse por una grieta en el alma de la madre, quizá un ámbito con facetas más inquietantes de las que pudiéramos imaginar ante la simple exposición de los hechos.  

Al principio de la obra Marta Sanz nos dice que vivir en el mundo produce sufrimiento, y que ello no nos hace mejores sino tan sólo más dolidos. Por si fuera poco este gancho de izquierda en las sensibilidades ingenuas o pánfilas, posteriormente recomienda que de niños debemos sentir odio hacia nuestros padres por si luego queremos ser adultos de una pieza. Y más adelante nos avisa: “sólo se reconoce lo que se espera”. Ahora bien, ¿quién sabe que estamos dolidos, quién constata que nuestro odio infantil nos ha salvado de malograrnos en la edad madura, quién da fe de que la autora reconoce lo que esperaba? Ella misma nos lo dice desde el principio: quien lea sus palabras. Es así como Marta Sanz confiere al lector el papel de un clemente Jack el Destripador ─el espectador más aventajado de la lección del doctor Nicolaes Tulp─, que en modo alguno raja con su navaja cabritera sino que va suturando detrás de las disecciones que produce Sanz con su bisturí en forma de teclas.

Ésta pues constituye la íntima intención de la autora: a partir de la recreación desde la memoria, o destripe de sí misma, pretende que el testigo-lector-mirón cree a su arbitrio la versión de esa existencia viviseccionada y que está pidiendo el soplo ajeno que la hará levantarse y caminar de una forma acaso rehecha y remozada. Bien sabe Sanz que es la mirada de los otros la que nos va llenando de carne y huesos, y que sin ella cualquier empeño de enseñar sin alumno que toma notas y extrae conclusiones sería fútil. Es así que viene a decirnos con “La lección de anatomía” que nuestros semejantes son quienes en último término conforman el espíritu que nos anima, son quienes nos dan nuestro ser el mundo. Al fin y al cabo, nadie es una isla perdida.

A partir de aquí, mejor dicho, desde el mismo inicio, Sanz da un paso más, bastante intrépido, desde el momento en que nos plantea un principio fundamental de la epistemología. Lo hace gracias a una célebre frase de Kurt Vonnegut que cita a modo de clave musical signado en el encabezamiento de la partitura. Epigrama del que su editor Jorge Herralde encuentra antecedentes en Oscar Wilde. Aunque también podrían hallarse rastros en Parménides de Elea. “Somos lo que aparentamos ser, así que deberíamos tener cuidado con lo que aparentamos ser”. En efecto, podríamos decir que por mucho que creamos que guardamos un interior inalienable e inabordable, y que por mucho que nos despojemos de atavíos para enseñar intimidades, y que por mucho que nos abramos de vísceras o expandamos sinapsis de neuronas, en realidad son los otros quienes nos dan carta de naturaleza a través de unas apariencias bastante sucintas. Somos una mera carcasa que interactúa ─quizá de manera muy aleatoria y caprichosa─ con otros entes que también son carcasas, apariencias que los demás, otros cualesquiera, han creado a su vez.

De lo que se deduce, y creo, que “La lección de anatomía” guarda este secreto mensaje: que la memoria, o la remembranza, son meros estados de conocimiento presente que no nos relatan nada de un pasado evaporado en el momento de su suceder. Porque todo existe en la simultaneidad de su conciencia, lo que se traduce en un estado que narra. Lo que contamos, lo que exponemos, y muestra Sanz con su novela de sí misma, es un acto procreador, de un excelente nivel literario, que tiene su justificación, su ser y su fin en el mismo instante de ser advertido por el otro. Nuestra anatomía,  descuartizada o incólume, ¿qué más da?, reside en la mera presencia del testigo. La memoria recrea, los otros crean, el sujeto procrea.

Cabe plantearse, por último, si ese acto procreador del ser en el otro puede tener un sentido. Si hablamos de literatura, sin duda, pese a que Karl Ove Knausgård ─lo siento; me es imposible hacer una “o” sobre el canuto de una “a”, así que he tenido que copiar y pegar el apellido─ diga en una entrevista: “Mi vida me gusta, no tengo por qué escribir.” Ya será para menos, teniendo en cuenta que durante tres años el autor noruego escribió (365x3x20) 21.900 páginas para su saga vikinga “Mi lucha” ─¡glub…!─. En el caso de Marta Sanz su vida, la que ella cree que vive, a los demás nos es dado ignorarla. Pero su vida, aquella de la que nosotros somos testigos, lectores y alumnos, está llena de rebeldía ante los disgustos, de desasosiego por un mundo injusto, de furor combativo, de inteligencia artística. Eso sí que merece escribirse.

Francisco Balbuena

Autor: Francisco Balbuena

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