La Isla de Susú

La isla de Susú es uno de esos libros frescos, ágiles aunque repletos de referencias literarias. Leyendo las aventuras de esta niña obstinada que es Susú uno tiene la impresión de estar ante una Pippi Langstrump, aunque más socializada, puesto que Susú se deja aconsejar y sus aventuras no son tan locas como las de Pippi.

Susú llega a la Isla Marabú con la intención de iniciar un proyecto muy ambicioso como es el de cultivar un jardín acuático. Llega acompañada de su loro, Tío Rufus, quien se muestra malhumorado y siempre dispuesto a pronunciar la misma frase: ¡Completamente equivocado! (unas veces tiene razón y otras no, todo hay que decirlo). No obstante, Susú no rompe con su vida pasada, ya que mantiene mucho contacto con sus padres por carta y los echa de menos. Ahora bien, sí se podría decir que es una especie de Robinson Crusoe a la hora de iniciar una nueva vida.

El capitán que la lleva a la isla le advierte que Marabú es un lugar habitado por seres muy especiales, a los que califica de “locos”. Susú no le hace caso y va aprendiendo de su propia experiencia. Así, conoce a la señora Pomponius, quien dirige el único hotel de la isla y tiene una curiosa afición por la gastronomía. Se encuentra con Maui, uno de los hijos de la familia Karité, con quien tiene una mala experiencia inicial ya que piensa que quiere comérsela. En ese momento, Susú se deja llevar de los prejuicios y observa que Maui va ataviado con un “taparrabos y varios tatuajes”. Gracias al farero, el señor Zin, aprende a no juzgar por las apariencias y Maui se convierte en uno de sus mejores amigos. Susú demuestra que, aunque existan diferencias culturales o raciales, es posible la amistad; es más, ella acaba aprendiendo de la generosidad de la familia de Maui.

El señor Zin es quizá uno de los mejores personajes del relato. De origen oriental, el anciano Zin aporta la nota de filosofía zen y, con sus palabras y reflexiones, muy alejadas de la prisa y del tener, va calando en el ánimo de Susú. En este momento, es cuando encontramos guiños a El principito. Concretamente, en el episodio del árbol. Susú quiere cortar un árbol que estorba y le impide salir de casa, pero Zen le hace ver el error que eso supone y Susú entiende que es “su árbol” y establece con él una relación especial, como el principito y la rosa.

El último habitante de la isla es almirante Doblón, un pirata usurero y ambicioso, que se pasa la vida corriendo y tratando de aumentar sus caudales.

Susú, rodeada por estos personajes, va iniciando su labor. Al principio le cuesta, tiene que superar obstáculos, pero acaba empleando el ingenio, la observación y la paciencia para lograr cultivar un jardín bajo del mar –y alimentarse de forma sana- a la vez que se hace amiga de los habitantes de la isla.

Susú tiene una forma de hablar muy alegre, es una niña directa, franca, no se anda con rodeos y maneja la palabra “jopeta” con frecuencia. Es una niña que aprende rápido y que descubre que las cosas no se miden por su valor material, sino por otro valor mucho más profundo.

En su primera aventura titulada “Un jardín en el fondo del mar”, se describe cómo es la isla, los personajes y los primeros momentos de Susú en la misma, así como los obstáculos que tiene que superar. En la segunda aventura, publicada hasta la fecha, “¡Silencio, se rueda!”, se produce un choque de culturas por así decirlo, ya que a la isla llegan un grupo de personas con la pretensión de rodar un anuncio publicitario. Se producen malos entendidos graciosos y Susú está al punto de sucumbir ante el brillo de la fama. No obstante, la serenidad del señor Zin y el ejemplo de Maui la retornan a la sensatez.

Antonio G. Iturbe es el autor de esta serie destinada a los lectores a partir de ocho años y que presenta un formato muy atractivo. Son libros con tapa dura, fácilmente manejables, organizados en breves capítulos y con una tipografía que resalta aquellas frases, nombres o términos especiales para que el lector se mantenga atento.  Las ilustraciones de Alex Omist son un ingrediente crucial puesto que no solo presentan a Susú y a sus nuevos conocidos, sino que se recrean en los detalles, en el paisaje, en el color del cielo, en la vegetación y los animales (terrestres y acuáticos). Las ilustraciones de Alex Omist se intregran perfectamente en el texto y resaltan la luz, la alegría y la ternura de La Isla de Susú.

En suma, una lectura más que recomendable en estas vacaciones.

Anabel Sáiz Ripoll

Autor: Anabel Sáiz Ripoll

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