Geografías apócrifas, una novela de Jose Luis Gärtner

Los amantes de la lectura suelen (solemos) huir de las novedades. Es un error, al menos en el caso de la novela Geografías apócrifas publicada en mayo de este mismo año por la editorial Talentura, del autor granadino Jose Luis Gärtner. Este libro cuenta en sólo 127 páginas un día en la vida de Atanasio Ropero, trabajador de la limpieza en el centro comercial Doha, donde vive y bebe cada noche una botellita de absenta. Además de la intensidad y verosimilitud de la narración, que la hace digna de otras obras ya clásicas: 1º por su lograda concentración temporal (Un día en la vida de Iván Denisovicht); 2ºpor su incursión en los sótanos de un personaje con raros visos de autenticidad (Apuntes del subsuelo); 3ºpor sus logros formales en cuanto a la narración, en primera persona, con breves incursiones en la segunda, a la que da voz el propio protagonista, oscilando entre el discurso racional y el monólogo interior (El Ulises); además es de destacar la pertinencia del libro y su valor de verdad, que en una ficción consiste en esa autenticidad.

La historia es muy sencilla, incluso, salvando algunos saltos temporales esclarecedores, lineal. Atanasio Ropero nos cuenta su vida, en el mejor sentido de la palabra, a lo largo de un día casi exacto, desde que despierta en su cuchitril, que hace honor a su apellido, y empieza su jornada de trabajo, hasta que duerme una extraordinaria borrachera junto a una desconocida, en el coche de esta, en el aparcamiento del propio Centro Comercial Doha. Este universo lo puebla, siempre en el discurso (la voz) del protagonista, una humanidad destruida por el gran capitalismo, que aquí aparece tan bien descrito, con extraña intensidad, como en obras de mayores pretensiones (Manhatan Transfer); humanidad no odiada, tratada desde una altura y una nostalgia que al principio choca por la condición humilde que nos hacemos del personaje, que una lectura atenta cambiará conforme sepamos de su pasado, de aquello que lo ha llevado precisamente hasta allí. Atanasio Ropero trabaja puliendo los suelos del Centro Comercial que recorre minuciosa, metódicamente, y lo que vemos es a través de sus ojos, inolvidable.

¿Por qué es inolvidable? Por la autenticidad, la magnífica voz del que narra, que lo hace no sólo verosímil sino próximo. De tal modo que, a pesar del desastre de la vida del protagonista (visto desde el exterior), nosotros, lectores, no acabamos compadeciéndolo a él sino a nosotros mismos. Y ni siquiera eso, porque, como todo lo que es verdadero en algún modo, libera a quien tiene la rara felicidad de disfrutarlo. Así, las peripecias de Atanasio Ropero no sólo, ni principalmente, nos dejan un sabor de derrota, de fracaso personal (que no meramente económico ni sentimental, como en las series o los concursos de televisión), sino el regusto y la posibilidad, aun en nuestros días, de la aventura humana. Cada tiempo tiene sus héroes, y el nuestro no es el de Homero, ni siquiera el del Valeroso Soldado Sveijk, sino el de los últimos consumidores del Gran Capitalismo, magníficamente retratado aquí. Hay pues la ternura del fracaso.

Pueden comprobarlo. No lo lamentarán.

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