Un, dos, tres

Si hay una historia que nunca falla en el repertorio de Florette es la de nuestro primer encuentro. La cuenta todas las reuniones, contagiando indefectiblemente la carcajada al resto de comensales cuando a mitad de la historia es incapaz de continuar y ríe sola mientras farfulla palabras a medias.

Era julio de 1947 y Deauville hervía con la  energía previa a las carreras de caballos.

Duques, condes y otros animales se reunían en el hipódromo de las 100.000 flores tras la visita vespertina al Establecimiento de Baños de Mar y comentaban sus apuestas entre pesadas volutas de cigarro, mientras sus hastiadas vizcondesas paseaban faldas de medio paso a lo largo de los 653 metros de azobe estratégicamente situados sobre la playa.

Entenderán que entre copas de calvados o los cortes al bies mecidos suavemente por el viento y coronados un metro más arriba por un escote sirena, sólo había un caballo ganador.

Y apoyado en la baranda de una cabina mientras contemplaba las pequeñas olas de color tiburón entre las sombrillas multicolor, vi aparecer a aquella maravilla de la naturaleza que habría de convertirse en mi tercera esposa. La acompañaba Maddy McLaren, una harpía de tomo y lomo que formaría parte de nuestro círculo de amistades los siguientes 32 años. La profunda fealdad de Maddy no podía enturbiar el esplendor de aquella sonrisa franca y provocadora que a su vez parecía ser propiedad de la mujer más arrebatadoramente sensual que había visto jamás.

Con la atonía provocada por los latigazos de sangre que colapsaban mis sienes doblegando mi criterio, un martes cualquiera de un julio de hace 50 años, carraspeé un par de veces, pasé el pequeño peine de carey por este pelo aún hoy imposible de domesticar y me incliné ligeramente ante aquella extraña pareja mientras acercaba mi Stetson de verano hacia el corazón.

Hipnotizado por los labios turgentes de Florette, no caí en la cuenta del rictus previo a la carcajada generalizada que provocó aquella maldita falabella que galopaba por la arena cuando, caprichos del destino, se enamoró perdidamente de mí  y en un certero mordisco despedazó mis pantalones de lino, dejando al descubierto al dios griego que llevo dentro.

Semejante entrada triunfal garantizó una cita aquella misma noche en el Casino, que como no podía ser de otra manera, terminó con otro par de pantalones destrozado al cobijo del techo de totora del puesto de foie gras de Trouville.

Hoy es el cumpleaños de Florette y me he disfrazado de Iris Apfel para llevarle el desayuno a la cama. Mientras acariciaba uno de los pendientes de clip amarillos que cuelgan de mis orejas, me ha dicho una vez más que soy su tolili favorito. Ahora estamos jugando al zapatito inglés en el porche de nuestro palazzo toscano; Villa Sigmunda.

Porque saben, sólo aposté una vez en mi vida. Y aquella falabella venció.

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