Retrato a una Dama

 Llamaron a V para retratar a la Gran dama. Primera mujer en España Presidenta del Gobierno. V es un gran fotógrafo especialista en rescatar del pasado las primeras placas que se encuentran dispersas por todo el mundo, en especial le interesa lo referente a los reportajes de guerra. Busca algo que no perdura, la verdad de la guerra. En los sucesos queda el recuerdo, pero hay algo que se pierde en el relato. V está seguro que a través de su trabajo podrá alterar la conciencia de los poderosos.

 

 No buscó ese encargo, pero le vino. La crisis afectaba a todos los sectores y en especial al artístico, así que no dudó en aceptar, es verdad que le sorprendió enormemente la llamada del asistente, parece ser que la Dama conocía su trabajo y lo admiraba. Sería el él primero en hacer las fotos oficiales. Lástima que él que también conocía el de la Gran Dama no pudiera admirarla, le hubiera gustado con verdadero deseo que así fuera.

Su trabajo personal eran imágenes alejadas al terreno de su investigación, se obsesionaba por algunos objetos y sus superficies, quería atrapar el reflejo, algo del exterior que cuenta el fondo, allí está el todo, pero no lo vemos, sin embargo, si se detenía en un retrato, en un objeto cotidiano; si cuidaba la luz, si lo alejaba de lo demás para que fuera sólo, entonces aparecía el secreto.

 

 Esa mañana V se vistió cuidadosamente eligiendo las prendas para que no fuera excesivamente protocolario ni absurdamente descuidado. Era una elección inútil, porque todas sus camisas eran o negras o grises y la mayoría de sus pantalones, vaqueros. Dudó si ponerse bléiser o no. Si zapatos o deportivas. Y en ambos casos prefirió lo que consideraba más convencional, bléiser y zapatos, claro.

Fue a Moncloa, un coche llegó puntual por él.

Había pedido que le dejaran una hora antes de comenzar la sesión para localizar los lugares, aunque le respondió el asistente que no era necesario. Debían de ser en el despacho, pero le volvieron a llamar y le informó el asistente que La Dama estaría encantada de añadir algunas fotos al gusto del artista.

 Se quedó preocupado con lo de al gusto del artista, sobre todo por el algunas. ¿Significaba eso que no tendría ninguna libertad? ¿Cómo iba a firmar unas fotos impersonales, retratos sencillos y condescendientes?  Seguramente exageraba, pensó, era una simple manera de hablar. Estaba bien pagado y era una oportunidad de entrar en otros círculos. Era aún joven y tenía mucha carrera por delante.

Al llegar y pasar por el control, le resultó agradable el jardín, también el edificio, no era ostentoso, pero extrañaba la ubicación alejada de la ciudad, la idea de fortaleza que trasmitía, una especie de castillo medieval sin torres, pero atravesados de poder.

 El asistente con más apariencia de guardaespaldas que de oficinista le recibió en la puerta de entrada al edificio principal, él le acompañaría en un recorrido que ya habían elaborado para que él pudiera elegir los lugares. Fueron a los jardines, entraron al edificio principal, a la biblioteca, a la sala de conferencias, finalmente al despacho donde le pidieron que esperara. Mientras lo hacía ojeó un libro de Goya. Le impactó  cómo había en ellos burla y denuncia sin que fuera demasiado manifiesta. Recordó los espacios visitados, pero había demasiada luz, quizá debió pedir que fuera la sesión al atardecer, para controlar mejor los brillos. Ahora ya no había otra solución más que jugar con los filtros.    

 La Dama entró sonriente. Él se puso de pie para recibirla, se dieron la mano, ella la apretó y la retuvo un rato.

 -Estoy muy agradecida. Admiro mucho su obra.

 -Gracias, no suelo hacer este tipo de trabajos, espero no desilusionarla.

 -Seguro que no. No podría.

 El asistente le indicó a la Presidenta que se sentara en su escritorio, le colocó el cuello de la blusa blanca que sobresalía del traje de chaqueta de lana rosada.

Se quedó petrificado, no podría salir nada bueno de esa sesión, como se le ocurría ponerse ese color. No se atrevió a decírselo, observó el pelo castaño recogido en un moño, los pendientes de perla, una sombra de las estanterías de atrás le recordó a la mantilla que en una ocasión ofrecieron todos los telediarios. Le sudaban las manos, preparó la Nikon, escogió un objetivo que acercara la imagen, iba a trabajar con planos cortos.

 Al mirar por el objetivo, como suele sucederle, hay una realidad doblada, como si el encuadre, la disposición de los objetos, cada detalle fuera un lenguaje que había que descifrar. Quiso retratarla como un busto del renacimiento, pero al acercarse, de repente observó una arruga del entrecejo que no había visto antes, era un pliegue autoritario del que pendían las cejas bien dibujadas, un cauce oscuro que dividía el rostro; por un lado un gesto amable, por el otro algo demoniaco palpitante. Disparó sin detenerse, se fue moviendo mientras la ministra sonreía, le miraba, entornaba los ojos, hacía que leía papeles que se encontraban en la mesa, hacía que hablaba  por el teléfono; cada movimiento afectaba a esa grieta que se iba abriendo como sucede a un muro tras un terremoto, o a la cubierta de un barco tras un naufragio, para expresarse en su magnitud no podía más que seguir hasta el final, para fijarla en su desnudez. Perdió la noción del tiempo, sin miedo  se dejó llevar por la emoción del descubridor, hasta que sintió una mano en el hombro. Era el asistente que le decía que tal vez había  que parar ya, que se veía cansada la Dama.

 Recibió puntualmente el ingreso a su cuenta que le vino muy bien para efectuar unos pagos atrasados.

 Cuando envió con un mensajero las fotos recibió al día siguiente una breve nota.

 Se le pagará el doble de lo acordado con la condición de destruir todos los negativos, tras firmar un acuerdo en el que se compromete a hacerlo y a no publicar jamás el retrato minucioso del entrecejo de la Primera Ministra. No se le especificó que se requería un retrato de todo el rostro, por lo que la Dama no quiere ir más allá de este compromiso. Atentamente, Gabinete de la Presidencia.

 No devolvió el dinero por supuesto pero sabía que debía estar atento, alerta, por el entrecejo de La Dama podría oscurecerse todo aquello por lo que durante años habían luchado.

Autor: Esther Bendahan

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