Rastros y letanías de Guadalupe Cisneros

Guadalupe Cisneros nunca se preguntó de dónde le venía su don para hablar tan ricamente con los muertos. Muertos frescos han de ser, dijo por primera vez el día que cumplió los 22 años después de jugar a la lotería y ganar con el 2222, que no había salido nunca.

Las tías que le criaron, y con las que todavía vivía, le prepararon una tarta para 22 comensales. Veintidós invitados que hubo que buscar por el barrio, pues las tías mellizas habían soñado que ese era el número y ningún otro y daba igual si eran conocidos de siempre o desconocidos por completo. Una vez sopladas las velitas todos aplaudieron y el cumpleañero miró hacia el cielo muy serio y dijo: Muertos frescos han de ser. Todos rieron menos las tías Dolorcitas y Carmencita que enseguida echaron a todos y se lo llevaron aparte.

Le llevaron al cuarto de baño donde le tenían preparada una bañera con agua bien caliente y en la que echaron flores de azahar y amapola, y le recomendaron: Usted ha de estar preparado para lo que va a venir. Y nada de asustarse, que ya lo estoy viendo con carita de susto. De eso nada, verá qué bien bonito será tratar con muertos y curarles el alma con grietas. Verá qué lindo. No cualquiera puede hacer esto. Métase en el agua y nada de tocarse su cosa entre las piernas. Hoy no. Hoy es día de pureza infinita, y luego dormirá largo, y todo bueno sucederá si así Dios lo quiere y nuestra virgencita de Guadalupe lo aprueba.

Dolorcitas y Carmencita hablaban repartiéndose los textos como si atendieran un guión. Les gustaba decir frases adornadas, no, no me acuerdo de ninguna, pero las tengo apuntadas, no se aflija, mire, aquí hay varias, no se crea que las entiendo todas, pero todas me gustan, como si fueran cancioncitas: Un puro verso teatrero somos nosotras. Nacimos a dúo y a dúo moriremos. Nosotras no pensamos nunca, los pensamientos nos piensan a nosotras. Dios nos acompaña en nuestra bondad porque quiere que le sirvamos bien y a gusto de buen paladar… Sí, aquí las serví durante muchos años y aquí me quedé cuando se murieron juntas, tal y como decían que iba a suceder. Del señorito Guadalupe hace años que no sabemos nada, se cuentan muchas cosas de él pero yo no hago caso de ninguna porque son todas demasiado malas como para creer de un muchacho tan hermoso y sanote como era.

Aquel día de su 22 cumpleaños entregó la fortuna que ganó en la lotería a sus tías y después del baño descansó varios días. Era un buen comerciante en la tienda de zapatos y bolsos de la familia, la administraba bien, y además era muy lindo, lindo como pocos, un buen mozo que llevaba de calle a las mujeres de todas las edades, ya en cuanto despegaban las chicas con sus carnes de buen pellizco le arrastraban el ala, y nunca mejor dicho porque era un ángel que a todas ayudaba y por eso madres e hijas soñaban con sus brazos fuertotes y su mirada limpia y su sonrisa de pícaro siempre alerta y bien dispuesto lo mismo para el amor que para lo que fuera menester.

Como le decía, después del baño durmió durante varios días y cuando despertó pues ya estaban los muertos esperándole. Sus tías le tenían preparada una habitación especial para esa ocasión con sus cortinas blancas, mesa redonda con blanco mantel y blancas velas de las bien gordas de la iglesia que le supieron robar al párroco, un miserable al que ellas le hacían toda clase de trastadas por perseguidor de solteras y ladrón de donativos. Con todo eso el señorito Guadalupe se sentaba, las candelas encendidas, música de órgano que salía de un aparato comprado para la ocasión y allí solo se comunicaba con los muertos a pedido de la gente. No, nunca recibió a nadie, jamás, ni cobró más que la voluntad, aunque algunos eran más voluntariosos que otros; yo nunca vi nada ni entré allí más que para limpiar, aunque malamente porque nunca me dejaron ventilar, pero he de decirle que olía a limpio, no, no puede usted hacer fotos caballero, imposible, está la habitación vacía, como todas las demás, no hay aquí huellas de nada de lo que le cuento, sólo estas fotos de los tres juntos hace muchos años y esta otra del señorito a color que es la única que puedo darle… Imagínese el tiempo que llevo en esta casa que ni edad tengo. Me alegro que se sonría con mis ocurrencias, lleva usted una cara demasiado seriota para mi gusto.

Bien, como le decía, mijito, el éxito fue tan grande que Dolorcitas y Carmencita tuvieron que dar unos regalitos a los policías del barrio para que no alborotaran. Se armaban colas desde la mañana temprano para dejar los sobres con el pedido y la voluntad, si la voluntad era grande hasta venían camiones. Él se encerraba en el cuarto especial todos los días a la misma hora y durante la misma cantidad de tiempo: a las 22 horas durante 2 horas 22 minutos. Tocaba el papel y alguna pertenencia del muerto y daba con él y escribía un mensaje al mandato del finado: nunca se equivocó en nada, con decirle que la gente se desmayaba, reía a carcajadas o lloraba como loca o se tiraba de los pelos insultando al desaparecido y al propio Guadalupe: visto estaba que algunos lograban con éxito lo que se habían propuesto y otros no. Cosas de la vida, y así año tras año. Sí, el señorito trabajaba, noviaba, se daba sus gustazos con las mozas pero no se comprometía con nadie, mandato de las tías, o como ellas decían, así lo quiere Dios con aprobación de la Virgencita de Guadalupe.

Pero un día murieron ellas y él desapareció. Nadie recibía los pedidos, nadie les atendía, me harté de decirles y ya no hablé más. Ni una palabra me sacaron. Salía para hacer las compras para mi comidita en mi lindo envejecer tan tranquila. Vendí los muebles, menos lo justo y me acomodé en este rincón de la chimenea por donde escucho los mensajitos de Guadalupe, el tan buen mozo que lo mismo se engolosinó con los muertos más viles deseosos de comernos a todos el corazón. Yo le escucho clarito, sí. Hay muchas habladurías sobre el señorito pero la única que sabe lo que de verdad sucedió soy yo y a nadie se lo voy a decir jamás, ni siquiera a usted por mucha credencial de periodista que tenga y por mucha televisión que ande dando vueltas por la calle. Hasta aquí le cuento, hasta aquí le muestro, a ver, espere un poco, ya, es un encanto el muy bandido, ahora quiere una copita de ron, cuando bien sabe que eso es imposible, que los muertos no podemos beber ni esto de alcohol. Ah, perdón, se me escapó, no debía decírselo, quería esperar a que usted se marchase. No tema. Qué pálido se ha puesto, le quedó cara de cera. Puede irse usted tranquilamente con su reportaje a cuestas, aproveche que le quedan muy pocos días de vida, así que vaya poniendo los papeles en orden para no molestar a su familia que tampoco le tiene mucha simpatía que digamos. Pero váyase de una vez que ya he hablado demasiado.

Al fin solos, Guadalupe, no sé por qué tenías tantas ganas de que tu nombre y tu foto saliera en los periódicos, sí, hice lo que me pediste le di una de tus fotos más galantes, la del traje azul, mira que eres, Don Guadalupe Cisneros, tantos años muertecito y todavía vanidoso. Suerte tuve que caíste de infarto y allí estaba yo para darte el besazo que siempre quise darte y nunca me dejaste.

Autor: Horacio Otheguy Riveira

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