Mitigo

Te abrazo.

Te abrazo fuerte.

Te estrujo entre mis brazos,

entre mis dedos,

entre mis piernas,

entre mis cabellos.

 

Te abrazo.

Te abrazo hasta que me duelen las extremidades.

Te abrazo porque quiero que estés aquí,

pegado

junto a mi pecho,

compartiendo latidos,

e intentando que el pum pum,

el maldito pum pum

sea tan sólo uno.

El nuestro.

 

Te abrazo.

Te abrazo

más

y más

y más

y más

y nos ponemos

rojos,

morados,

azules

de tanta fuerza,

de tanta pasión.

 

Pero no es suficiente.

 

Por mucho que te abrace

fuerte fuerte

tú sigues allí,

afuera,

despegado de mí.

Por mucho que me empeñe

en untarnos con pegamento

en juntar nuestra piel

hasta que llegue a doler

nuestros cuerpos se convierten en la barrera física de nuestra unión.

 

Y yo te quiero conmigo.

Con-migo.

Con-tigo.

Mitigo.

 

Por eso

tengo este cuchillo entre mis delicadas manos.

Un cuchillo

 precioso,

frío

y pequeño

que tiene grabadas tus iniciales.

Un cuchillo

impresionantemente bello

que he puesto sobre tu piel,

tu preciosa piel,

y he clavado con cuidado,

muy pero que muy despacio,

hasta que la sangre

 ha empezado a brotar de tu cuerpo.

 

Entonces,

cuando tu pecho estaba ya abierto,

abierto a mí,

has cogido ese cuchillo

lleno de tu rojo

y lo has posado sobre mi ombligo.

Me has hecho cosquillas.

Muchas cosquillas.

 

Ahora,

una vez así,

yo abierta

y tú abierto,

hemos juntado nuestros cuerpos,

despacio,

hemos fundido tu sangre con mi sangre,

hemos unido tu corazón con el mío

y hemos conseguido que el ensordecedor pum pum

fuera,

por fin,

el de uno solo.

Autor: Elia Tabuenca

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