Las mañanas de Domingo

A Domingo no le gustaban los domingos. Para él tenían un rostro feo y oscuro, como un malo de película. Aquellos horribles días, prefería esperar ansioso la llegada de un nuevo lunes antes que planear alguna aventura. Se despertaba sin ganas de desayunar el zumo de naranja que su madre le preparaba, sin colar y con un poco de azúcar. Intentaba pasar la mañana revolviéndose entre las sábanas, recordando los sueños y buscando los calcetines perdidos durante la noche. Por la tarde, después de haber hecho un gran esfuerzo por tragar todo el puchero que, por cierto, era tradición comer los domingos, se iba a su habitación  a leer algún libro  que tendría que devolver a la biblioteca al día siguiente. (Esto nos pasa a todos porque cuando nos prestan durante quince días el libro que por sorpresa encontramos, lo colocamos bajo los otros que estamos leyendo y se queda ahí, olvidado, en nuestra mesita de noche hasta el día límite.) Caminaba descalzo y en pijama, arrastrando los pies como si llevara el peso de unas cadenas. Con el cabello despeinado llegaba al sofá y esperaba que pasaran las horas escuchando el lejano sonido del televisor que le acompañaba.

 

A Domingo le gustaban los lunes. Pues para él eran una puerta abierta por donde entraba aire fresco. Un montón de amigos y juegos y manchas le esperaban en el patio de la escuela que, por falta de espacio, era la plaza de al lado. Era muy querido y popular, todos le saludaban e, incluso, le ofrecían parte de sus bocatas y un sorbito de zumo. Cada recreo jugaba con un grupo diferente de niños; los maestros le dejaban  porque no se metía nunca en líos y demostraba ser buen compañero. Le gustaba cambiar los cromos de fútbol y aprenderse antes que nadie los nombres de los jugadores. Era divertidísimo saltar a la comba y que luego fuera más rápido y le entrase miedo de recibir un latigazo. Jugando al escondite no sabía donde esconderse y le pillaban siempre imitando un árbol, un gato, una sombra. Entonces, él se reía y se encogía de hombros provocando la carcajada general. Lo mejor era cuando se organizaban carreras con los pequeños porque todos querían subir a su spalda y ganar con aquel espléndido caballo. Lo pero, oír el silbato que anunciaba la vuelta a las aulas. Los sábados no eran tristes, aún le quedaban los recuerdos de unas intensas mañanas y, por supuesto, no pensaba en los domingos.

 

A Domingo le encantaba vestir con pantalones cortos y tener cardenales en las espinillas por eso, al volver a casa y ponerse el triste traje gris con corbata azul, se le borraba la sonrisa. Sólo la recuperaría a la mañana siguiente, durante las horas de recreo en la plaza, si los niños le volvían a acoger en su fantástico universo. Cansado de la jornada laboral en la oficina y de ver tanta desilusión en las ojeras de los otros empleados sólo pensaba al llegar a casa y justo antes de dormir en qué le gustaría ser cuando él fuera mayor.

Autor: Alejandra Gómez Martín

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