Hoy empieza todo

Mi madre no se cansa de decir que soy reflexiva pero al mismo tiempo sobrada de coraje. Y bien pensado, si echo la vista atrás, siempre ha sido así.

Tras nueve meses de reflexiones profundísimas que me retrotraían al útero materno, decidí que había llegado el momento de participar un poco en el cotarro. Básicamente, esta es la secuencia de acontecimientos que tuvo lugar ese memorable 21 de octubre de 1975 :

Compruebo tres veces seguidas que llevo el móvil, las llaves y la cartera ( esto es sarcasmo, preguntadle a mi hija Olivia dentro de 38 años ), me desperezo por última vez en medio de ese líquido cristalino, turbio y templado que me ha guarecido durante 40 semanas de soberbios avances tecnológicos.

Abro los ojos y contemplo en silencio el paisaje que me rodea. Siempre me ha gustado guardar en mi memoria las imágenes que me sobrecogen y quizás no volveré a ver.

Veo una puerta entreabierta. Aunque juraría que es tirando a angosta no me dejo amedrentar. De todos modos, tampoco tengo muy claro mi perímetro craneal. Un par de brazadas son más que suficientes para alcanzar mi objetivo. Con la abnegación que me caracteriza, empiezo a hacer rosca hasta que me atoro. Esta también será una constante en mi vida, pero no viene al caso.

Cuál será mi sorpresa cuando noto que unos dedazos con una consistencia mucho más aséptica de lo recomendable me agarran por las sienes con un arremango desmesurado. Intuyo que será mejor colaborar y me abandono a la respiración tántrica, por eso de que ayuda a oscilar entre un universo y otro. Intentar concentrarse con el nivel de ruido que me rodea es necedad, así que me estiro con muy mala leche, cierro los puños, comprimo glúteos, cuádriceps, abductores y gemelos y consigo atravesar la puerta.

Creedme cuando os digo que no fue tan buena idea. Imposible respirar, un foco con el voltaje Superbowl directo a los ojos, gente gritando, un frío que debería ser ilegal, el hombro derecho encasquillado y el antebrazo izquierdo en posición contraria a la anatómica.

Un señor un tanto intimidatorio y con cara de sádico empieza a tirar de mi axila como si no hubiese un mañana. ¡Que la suerte me acompañe!

Ahora sí que sí, acabo de comprender el verdadero sentido de estirar las articulaciones. Con dos centímetros más de altura por todo el morro y colgada boca abajo, me calzan un cachete con una saña totalmente impropia de nuestra especie. Que no, hombre, que no, que no me estás pillando el punto. Lo mío no va por ahí en absoluto.

Cojo aire y grito.  Grito muchísimo. En realidad creo que no he vuelto a gritar tanto desde entonces. Y es una pena, porque hay que ver lo que relaja.

Mi madre se da por aludida y pone orden. Me tapa bajo su sábana y acerca su cara. Qué delicia el olor de su piel, qué reconfortante la simbiosis con su temperatura corporal. Sonríe sin parar mientras acaricia mi maltrecha cabeza. Es guapísima. Me besa en la frente y me echo el siestón de mi vida.

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