El retrato más grande jamás pintado

Ella para él y él para ella. Una promesa que ambos se hicieron una noche cuando la luna pintaba el suelo del París donde se conocieron. París, je t’aime. París, je t’aimerai. Se amaron, se consumieron y juntos volvieron a renacer. Un amor que de irreal parecía abocado al fracaso, destinado por los dioses a perecer, porque, como ellos mismos sabían, las cosas bellas duran poco, jamás un atardecer perdura en el tiempo. Sin embargo, poco pensaron ellos en lo que el destino les pudiera deparar.

Ella, mujer ambiciosa y llena de vida, que trabajaba en una de las galerías más prestigiosas de la capital del Sena, donde conoció al hombre que le robaría el corazón y el sentido. Piel de una pureza blanquecina, cabello negro y recogido con elegancia, rasgos casi clásicos y maquillaje exquisito y sencillo.

Él, un pintor de fama ascendente, último vestigio del pasado bohemio de la Ciudad de las Luces, apenas una memoria fugaz que se aferraba al presente agitado y dinámico, que ensuciaba la gloria parisina. Unos años mayor que ella, pero con un espíritu mucho más joven y aventurero si cabe que el de la muchacha a la que amaría con pasión y desenfreno.

«Tú eres el sentido yo, la sensibilidad», le dijo él la mañana en la que se conocieron y esa frase flotó en su pensamiento hasta la siguiente tarde en la que volvieron a coincidir y él le dejó su teléfono. Ella, un tanto soberbia y tímida, no le llamó, pero el destino quiso que ese mismo viernes volvieran a coincidir en una de las fiestas que daba uno de los pintores del momento, amigo de ambos.

Entre el gentío y su griterío se encontraron: un saludo, una mirada, una sonrisa… todo acababa de ser pactado. Ellos se reunirían cuando decidieran que era conveniente. Media hora más tarde, en la que ambos habían cumplido con sus quehaceres sociales; dos tramos de escalera hacia arriba, en la que los pies se hundían en la gruesa y mullida alfombra; cambio a una luz indirecta amortiguada; y la presencia del dinero, dinero, dinero por todas partes. En cuanto al buen gusto, no tanto. La sombría austeridad de la entrada de la casa del pintor anfitrión de la velada, era sustituida por una ordinaria prodigalidad allí donde los futuros amantes se unieron en beso por primera vez.

El frescor de la estival noche parisina les hacía ser conscientes de la fugacidad de la existencia y las ansias que ellos tenían por vivir todo lo posible. La lenta melodía de Jacques Briel les trajo la consciencia de no dejarse escapar el uno al otro jamás. El aroma a champán y vino dulzón les rememoró los excesos y amoríos que ambos habían tenido en su pasado. Todo un cúmulo de sensaciones que explotaron en unos jardines cercanos donde se amaron durante horas tras abandonar la fiesta y fundirse con las sombras noctámbulas de la ciudad.

Dos semanas después estaban viviendo juntos. Dos meses después decidieron trasladarse a una finca vitivinícola en la Provenza francesa, acotada por un pequeño lago y un bosque de fantasía. «Aquí, tú serás mi musa y lograrás que mi obra sea única», le prometió él. Y, respetando su promesa, ella se hizo musa y el siguió siendo pintor. Sin embargo, él no lograba el cuadro que buscaba, no conseguía nada nuevo, distinto e insólito. Él comenzó a hablar de amores pasados, plasmados también en el lienzo, y que eran iguales a estas obras que ahora creaba. ¡Nada nuevo le había aportado ella a él! ¿Era acaso otra más en la larga lista de amantes que él había tenido?

Pasaron los meses e, incluso, algunos años y el edificio, mezcla de grandeza y romanticismo, fue cada vez tornándose un reflejo de la melancolía que iba poseyendo a los corazones de la pareja. El artista amoroso y atento antaño, lleno de vida y pasiones, se transformó en un ser extraño, pensativo, perdido en mil ensoñaciones, que vagaba como un espectro por la casa y al que comenzaban a acariciar los finos y largos dedos de la demencia.

Su carácter, cada vez más vehemente, fue agriando la dulce expresión de su amada, quien tosca y agitada, pasaba largos días encerrada en una de las habitaciones de la casa, por la que un fino rayo de luz a duras penas se filtraba. Palidez mortecina fue el color que la joven comenzó a adquirir.

Mientras el pintor se vanagloriaba de su obra, cifrando en ésta su gloria; la muchacha cavilaba continuamente en la forma de volver a los tiempos del París donde amor eterno se juraron. Cuando estaba ahogada en licores, entre charcos de ron y vino artesanal, sus pensamientos conseguían salir a la superficie, provocándole lloros angustiados que se prolongaban hasta largas horas de la noche.

Una mañana, él le comunicó que deseaba volver a pintarla, entonces ella tomó una decisión. Le ayudaría a conseguir una obra maestra, algo único e impactante, para ver si así lograba volver a tener libertad y a conocer el amor que él le presentó en la capital francesa. ¡Iba a ser diferente al resto de amantes que su amado había conocido!

Ella sabía que él había tenido devaneos con otras mujeres antes. Le obsesionaban mientras duraban, pero eso se le pasaba muy pronto. Las mujeres de las que había caído enamorado, eran mujeres experimentadas, que poco o nada esperaban de él. Pero, en esta ocasión, ella sí que había esperado y mucho. No era una mujer como las otras, ni siquiera era una mujer prácticamente cuando le conoció años antes, tan solo una joven tonta e ingenua que se había dejado engatusar, diciendo con ello adiós a sus ambiciones y sueños de éxito.

El lugar escogido para el retrato fue el jardín de la finca, frente al lago. Allí, él sentado en una silla frente a su lienzo y junto a una mesita, y ella frente a él, posando sobre la almena, con los reflejos del sol y el agua a la espalda. La brisa acariciaba su hombro desnudo y ella sonreía cada vez más, satisfecha ante la dedicación de su amado y el frenesí con el que la pintaba.

La tarea se fue prolongando horas, pero él se había propuesto acabar la pintura de golpe, por lo que su férrea voluntad no le permitió descanso alguno, ni a ella ni a él. Únicamente, se detenían pocos segundos para beber los néctares que la musa había preparado, ya que se trataba de un caluroso día primaveral. Sabor dulzón de uva y canela, de melocotón y naranja. Con un agrio aroma que el pintor no logró descubrir, pero que le motivó todavía más en su tarea. Una bebida deliciosa y digna de un pintor y una modelo como ellos.

Se miraban intensamente a los ojos que, pese a la fatiga, brillaban de lujuria y deseo, el que hacía tiempo que habían perdido.

Un trazo aquí, un poco de color allá, más luminosidad en esta zona, difuminar un poco esta otra... ¡Él ya sentía que iba a ser el mejor cuadro de la historia! ¡Ella lo había sentido desde el comienzo!

Cuando el cuadro estaba casi terminado, un calambre, una punzada se apoderó del costado del genio, pero éste continuó sin abandonar su labor. Continuaba mirando a su musa a los ojos, terminando de verter en el cuadro ese brillo de sus ojos que nunca antes había visto y que le intrigaba en exceso, que le hacía preguntarse qué lo había motivado. También le atrajo enormemente ese inusual rictus del labio superior, esa extraña sonrisa que pocos hombres debían de haber visto en una mujer, salvo Da Vinci con su Gioconda.

Una neblina se asentó en la visión de él, pero ni con esos inconvenientes cejó en su empeño por finalizar la mayor obra de su colección, la más grande obra jamás pintada. Continuó con la vista cansada, la boca reseca y el corazón palpitante. Nada iba a impedir que terminara su cuadro y, menos aún, unos estúpidos nervios frutos de la emoción o algún calambre resultado del cansancio.

Por su parte, ella estaba igual de fresca, sin fatiga ni dolores; estaba radiante y rebosaba triunfo por cada poro de su piel. Estaba llena de satisfacción y honra, al saber que estaba siendo peculiar, diferente a las otras que él había retratado.

La luz ya había comenzado a cambiar, pero a él poco le importaba, ya que el cuadro estaba a punto de acabar. Él era consciente de los sentimientos de ella, lo que le lleno de complacencia y más aún cuando vio una lágrima, que atribuyó a esta satisfacción de su amada, aflorar del ojo izquierdo de su numen y descender por la mejilla para encontrar la muerte en el mentón de su más preciada inspiración. Le dio tiempo a captar esta lágrima delatora en su retrato.

Los temblores fueron cada vez más convulsos, los escalofríos más habituales, la respiración más dificultosa y aparecieron los primeros vértigos y la parálisis en los músculos faciales; pero, aún así, no fue hasta que aplicó la última pincelada que el vehemente pintor se desplomó en el suelo, frente a la atenta mirada de su pareja.  Ésta, tras contemplar como su amado había muerto por la cicuta que ella había introducido en su vaso, lanzó un suspiro y se arrojó de espaldas desde la almena donde había estado posando. La caída fue suave, dulce y sin sobresaltos, como cae una hoja cuando sobre ella se vuelca el otoño. Su cuerpo, sin vida ya al llegar abajo, se hundió en las aguas de aquel pequeño lago que la fascinó tiempo atrás cuando llegó a la finca de la mano de su querido pintor.

Y allí continúa aún la mejor pintura de la historia, a esperas de ser encontrada por cualquiera que se atreva a adentrarse en la finca y descubrir el cadáver del pintor ya descompuesto junto al lienzo. Es allí, en esa finca provenzal junto al lago en el que descansa ella, donde sigue estando esa pintura, ese cuadro sorprendente que plasma la mirada de una asesina pintada por su víctima, el retrato de una mujer infeliz que ve como su amante da los últimos suspiros de vida. Y es en ese cuadro donde una lágrima de condena y perdón ha quedado dibujada para la posteridad, como eterno testigo del amor que ambos se profesaron y que a la locura y muerte les arrastró.

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