El planeta de las aves

Un pavo llegaba tarde al teatro, (la papada no se limpia sola) así que se propulsaba rápidamente con sus patas robustas, primero la izquierda y después la derecha; por supuesto, ya había replegado la cola, logrando que su cuerpo adquiriera una forma aerodinámica y que sin embargo no le permitía volar a grandes distancias. No le importaba, la verdad, acaso no era suficiente con extender las plumas posteriores, emulando un abanico, para que los demás supieran con quien trataban. El caso es que la obra ya habría empezado, y lamentaba profundamente perderse el canto inicial de Luciano, un mirlo que vestía unas plumas pálidas y que por aquel entonces gozaba de una fama que ya había rebasado las murallas de la ciudad. Temeroso, dejó caer algunas monedas sobre los recipientes que las palomas habían colocado en el suelo con ese propósito. Aceleró su pasó, ahora sí el miedo paralizándolo, cuando vio a un cuervo que intentaba aprovechar su parecido con las sombras. Siempre la misma historia.

No mucho más tarde ya se veía la puerta del teatro iluminada por dos lámparas de aceite, colocadas simétricamente a cada lado de la entrada. Justo en frente lo aguardaban dos pingüinos Humboldt, ataviados ambos con sus trajes de acomodadores, negra la espalda y blanco el pecho, sus alas inútiles posadas sobre su espalda en forma de v. Se acercó hasta ellos y entonces le pidieron su billete con la debida amabilidad. El pavo tanteó con su ala izquierda por entre las plumas que cubrían el torso, de donde sacó finalmente su entrada.

 

Perfecto, nuestros compañeros lo conducirán hasta el tercer piso, dijeron al unísono los pingüinos.

Tiene que ser un error, respondió el pavo, ese es un lugar para los pollos.

En su billete pone claramente segundo anfiteatro, así que nuestra obligación es guiarlo hasta el tercer piso. Mírelo desde el lado bueno: verá el techo mejor que nadie.

De ningún modo.

Tal vez prefiera verlo desde aquí, con algo de suerte escuchará las notas más altas de Luciano.

 

Así que el pavo accedió a que lo acompañaran, el ascensor averiado, las escaleras que se retorcían sobre si mismas en un espiral infinito, instaladas especialmente para los malos voladores. Agotado, hizo un último esfuerzo y superó un último escalón. A través de la ventana, la luz de las antorchas irrumpía sobre las fachadas, que parecían moverse con sensualidad, al ritmo de un tango tímido que apenas arrancaba los primeros compases. Giró a la derecha, olvidando por un instante la noche; se oía a Luciano entre los pasillos, todavía ejecutando el canto inicial. De nuevo un pingüino Humboldt se interponía en su camino. Este impedía su ingreso por la puerta oeste, la que en efecto debía tomar para poder ocupar su asiento, fila 1, butaca 7. Era cierto. Su billete indicaba el segundo anfiteatro, precio de la entrada 45 pesos. Él había pagado 170 para fundirse en un esponjoso sillón, color escarlata y dorado, situado en un distinguido palco en el lado oeste. Solo en eso coincidían las dos entradas.

 

No puede impedirme escuchar a Luciano.

De hecho me es imposible dejarle entrar mientras actúan los artistas. Tendrá que esperar al primer aplauso.

Ahora iban a ser los pollos los encargados de indicarle cuándo podría pasar.

 

Entonces no le quedó más remedio que escuchar al mirlo desde fuera, aunque la voz se desvanecía cuando chocaba contra la madera, sobreviviendo solo un tenue resquicio por entre las puertas. Ejecutó un último falsete, sublime, inconfundible. Tomó la palabra el silencio. Y, sin embargo, el puto pingüino no se movía. Fueron los aplausos y sobre todo los silbidos y los chillidos estridentes, tal vez los gallos que habían cacareado como si ya hubiera amanecido. Solo después de que ocurriera aquello el pingüino se retiró con una sonrisa, explicándole muy vagamente donde se encontraba su asiento. Todos los pollos giraron sus cuellos hacia la puerta trasera, como si lo vieran a pesar de la oscuridad, como si en realidad pudieran olerlo. Por supuesto chismotearon. Así son las gallinas, se decía, no saben estar calladas. Buscó el lugar más alejado, cada vez más lejano respecto al escenario pero también más protegido. Empezaron a cantar, por desgracia ya no se trataba de Luciano; no estaba mal, pero no era Luciano. La luz de las antorchas que colgaban de las paredes era suficiente para darse cuenta de lo desesperada que era la situación. Incluso había palomas. Además de las gallinas y los gallos, había otros individuos con los que uno jamás debería cruzarse; estaban los búhos, esos tipos huraños y que duermen de día; estaban, sobre todo, las palomas. Las miradas se cruzaban en ambas direcciones, repartiéndose a partes iguales el desprecio. El pavo había perdido el hilo de la ópera ya hacía tiempo.

Los aplausos y las obscenidades anunciaron el final del primer acto. Nadie, sin embargo, había abandonado todavía el gallinero, de hecho también el resto de localidades seguían ocupadas por sus dueños. Lo había olvidado. Todas las miradas se dirigían al palco presidencial, donde un pavo real se disponía a enfilar el camino hacia el comedor de sus majestades. Todos los pollos se levantaron, justo en el momento en el que el rey también se erguía. Extendió su cola cuan grande era, se abrieron los múltiples ojos azules que todo lo veían. Su pechera era elegante, del color de un mar tranquilo. Ya se había ido. Entonces volvieron los gritos, mientras el rey se fundía en un sillón esponjoso color escarlata y dorado y comía pienso que habían traído de Armenia. Menuda putada. Si sus familias no se hubieran separado hacía ya no sé cuánto tiempo, tal vez sería él quien tuviera la cola bonita.

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