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Acceso a la Universidad
Apuntes de Selectividad    ¿Por qué la Selectividad da tanto miedo? La PAAU es una prueba donde por primera vez, académicamente hablando, aparece este elemento: la competencia con los demás. Dependiendo de la carrera elegida, no se trata sólo de aprobar y punto sino que a veces un alumno debe superar una calificación preestablecida o sacar una nota muy buena para, a continuación, colocarse en una situación lo más beneficiosa posible frente a las solicitudes de los demás. Aunque en estos casos es comprensible fijarse en el funcionamiento de las calificaciones (cómo se puntúa cada prueba, cómo es el baremo entre la prueba común y la específica, cuáles son los criterios de evaluación…) lo cierto es que lo más práctico y recomendable pasa por concentrarse más en la preparación de la Selectividad y menos en el resultado, puesto que tal preocupación podría ponernos más nerviosos aún. Además, en último caso conviene saber lo siguiente: que existen cuatro convocatorias como máximo para superar la Selectividad; que si no te presentas a ningún examen no se considera agotada la convocatoria; y que, una vez que superas la Selectividad, puedes presentarte las veces que quieras para subir nota, puesto que las notas de Selectividad no caducan y siempre cuenta la más alta. Con esto no quiero relajar en exceso las mentes, que quede claro. Simplemente, pretendo ser positivo y relativizar la manera de cavilar de los pesimistas. La Selectividad no es el fin del mundo, ni tampoco la catapulta al estrellato; no es más que uno de los muchos pasos que tendremos que dar en nuestra vida. De todos modos, hay personas que se echan para atrás en seguida cuando un reto como éste se les presenta. Recuerda que esta actitud no es nada recomendable, no ya para la Selectividad, sino para casi nada en la vida. Debemos ser inteligentes y aprovechar el tiempo y las oportunidades que se nos presentan, sin prisa pero sin pausa; de lo contrario, luego vienen los arrepentimientos y las comeduras de coco.

   Cuando uno plantea seriamente el asunto de los exámenes de Selectividad, tarde o temprano, sale el tema del acceso a la Universidad. ¿Qué carrera escogeré? ¿Cuál será mi destino a partir de ahora? ¿Qué haré con mi vida? En fin, es como el cuento de la lechera, uno se pone a hacer cuentas y tiende a pensar que se está jugando el futuro. A este nerviosismo contribuye el hecho de que uno ya se examina de Selectividad en las aulas de la Universidad, con el añadido de profesores de Universidad participando en la confección y evaluación de las pruebas, por lo que muchos se sienten presionados a hacerlo bien desde el principio. En cierto modo, el estudiante sale del pequeño mundo al que se había acostumbrado y ya se ve metiendo la cabeza en otro, que no domina y conoce poco. Tanto para los alumnos españoles que han cursado el Bachillerato en el extranjero como para los extranjeros que han homologado sus estudios a los de España, existe la posibilidad de realizar la Selectividad a través de la UNED, institución que tiene reservada una prueba específica para los extranjeros. Este primer contacto con la Universidad inquieta a bastantes, ya que ésta implica asumir mayores responsabilidades; a menudo aparece como “el camino” para formarnos como personas. A priori, sin disponer de una experiencia previa similar, la Universidad impone, son palabras mayores. Pero, claro, lo primero es lo primero y lo mejor es concentrarse en andar bien los pasos para no tropezarse. Ya tendremos tiempo de centrarnos en la Universidad cuando nos toque. Por otra parte, para las personas normales, realmente la Selectividad no es una cuestión decisiva para su vida. Sí es importante si quieres matricularte en una carrera con una nota de acceso elevada, pero aún así no supone un todo o nada, ni determina nuestro “historial” para siempre. Como dije, la PAAU es sólo un paso, mientras que caminos por donde tirar en el futuro los hay a patadas, sin que éstos pierdan un ápice de dignidad ni de profesionalidad. Es un error pensar que la Universidad es el camino único y definitivo.

Estudiantes de Selectividad    Como en menor medida, la prueba de acceso a la Universidad para mayores de 25 años, debido a su gran volumen de contenidos, la Selectividad queda como una prueba exigente y rigurosa por sí misma, especialmente si la contrastamos con el volumen a que normalmente viene acostumbrándose el estudiante en los cursos anteriores. Éste tiene que saber manejar las materias de todo un curso, debiendo realizar un esfuerzo memorístico y de concentración importante, así como demostrar una serie de destrezas y capacidades intelectuales que, necesariamente, deben haber sido trabajadas a lo largo de toda una trayectoria a medio/largo plazo (expresión y ortografía correctas, comprensión de discursos y problemas, estructuración de contenidos, razonamientos e interpretaciones fundamentados, etc.) Estos factores se conjugan para hacer de la Selectividad una prueba que requiere de una responsabilidad y una fuerza de voluntad personales y de una preparación más constante que intermitente. De ahí que sea fundamental organizar una buena preparación de la PAAU desde el principio, con la antelación debida.

¿Cómo debería ser una buena preparación para la Selectividad?

   En los preparativos de la Selectividad nos basta con vigilar los dos elementos de los dependerá nuestro éxito o nuestra decepción, que son:
  • El dominio de los contenidos genéricos, así como de los específicos de cada materia.

  • El control de la ansiedad y del estrés.
   Con planificación y práctica conseguiremos dominarlos. En la Selectividad no caben los milagros de última hora; de hecho, nada nos garantiza que podamos asimilar con éxito los conocimientos o los hábitos intelectuales necesarios a fuerza de impulsos. Por tanto, lo que no hayas aprendido ya hasta la fecha te será muy difícil de asimilar si no dispones del tiempo, la dedicación y la constancia adecuados. Con un buen plan de trabajo, ahorraremos tiempo y energía. No sólo controlamos nuestro rendimiento, para ir modificando el esfuerzo de cara a las necesidades, sino que también racionalizamos el tiempo de estudio y el de ocio, para que sean lo más llevaderos posibles. Así es como puede organizarse un hábito de estudio que facilite nuestra concentración. Recuerda que, para cambiar los hábitos inadecuados por otros más adaptados a las necesidades, se necesita práctica y tiempo. Planificar una estrategia a medio o largo plazo no es nada fácil, pero si te acostumbras a hacerlo y, sobre todo, a hacerlo bien, existen muchas posibilidades de situarte en mejores condiciones que otras personas que no suelen planificar. Nosotros vamos a plantear la Selectividad en este sentido, invirtiendo una entrega constante y organizada desde el primer día del curso. Si cumplimos con un plan de trabajo regular, el mes anterior a la Selectividad bastará con repasar los contenidos estudiados.

   Dado que la gestión del tiempo es clave para aprender algo sistemáticamente, uno de los aspectos más importantes de la planificación será la correcta ubicación de nuestros momentos de ocio y esparcimiento. Ha de ser el propia estudiante quien decida qué consejo, qué método, qué estrategia puede servirte mejor. Tomar conciencia de que “lo primero es lo primero” puede parecer una tontería pero, al fin y al cabo, de lo que se trata es de comportarse y pensar de un modo responsable, distribuyendo el esfuerzo racionalmente. Tan relevante es el rendimiento en el tiempo de estudio, exprimiéndolo para que luego no nos pille el tren, como lo es el arte de hallar nuestro sitio, nuestra propia forma de relajarnos o divertirnos. El tiempo de relax debe planificarse para que no interfiera en el de estudio, algo que a menudo ocurre planteándonos problemas de organización (¿o no?). Buscaremos el clima adecuado para cada situación, ya que ambas son las dos caras de la misma moneda (es decir, somos nosotros mismos). Darnos tremendos atracones de empollada sólo contribuirá a crearnos estrés, insatisfacción, nervios y un malestar que en absoluto nos será beneficioso a nivel personal. Si nos fijamos, de las 24 horas del día, gran parte de ellas están repartidas entre el sueño (aproximadamente 8 horas) y el horario normal de clases. La idea es, primero, respetar las horas de sueño (reparadoras, fundamentales); segundo, aprovechar las clases del modo más productivo posible (atender, preguntar, hacer resúmenes y prácticas de ejercicios o exámenes, tomar nuestros apuntes –no tengo por qué fiarme de lo que piensen o apunten los demás, ya me entendéis…); y, finalmente, configurar un horario flexible, para compaginar las tareas del curso con las horas de estudio propiamente dichas (entre dos y tres horas éstas) y para reservar un período de ocio e imprevistos. Como es probable que necesitemos un poco más de tiempo para terminar algunas tareas, procuraremos que un día del fin de semana, bien el sábado bien el domingo, sea el destinado para ellas; el otro, será el de descanso semanal, aunque todo depende de cómo llevemos preparadas las tareas.

   Cuando se desea adquirir un hábito de estudio metódico conviene conseguir un ambiente y una superficie de trabajo proclives a la concentración. Cada cual es libre de buscar su particular forma de concentrarse, pero nuestras costumbres no son siempre las mejores, por lo será útil contar con una serie de requisitos mínimos: habitaciones o salas que dispongan de temperatura agradable y buena ventilación, sin ruidos ni distracciones (TV, teléfono, consola o PC, radio o música por cascos, etc.); una mesa amplia, cuyo tamaño esté en consonancia con el la silla, y ambos en consonancia con nuestras proporciones físicas; y, en la medida de lo posible, luz natural (si es artificial, que sea blanca o azul). La postura de estudio es significativa, ya que la adopción de malas posturas puede propiciar que nos durmamos o que arrastraremos problemas cervicales o musculares; me refiero cuando nos ponemos muy cerca de los folios, tirados en la cama o sentados en sillas excesivamente cómodas o en posturas extrañas. Además, es preferible colocar todo el material necesario a mano, dado que lo superfluo es casi seguro que nos va a distraer y nos obligará a levantarnos constantemente, interrumpiendo la concentración. Por lo demás, si aprovechamos nuestro tiempo de estudio, conviene que descansemos unos 10 ó 15 minutos cada hora, dependiendo del rendimiento alcanzado en ese tiempo.

Mesa de estudio    La siguiente decisión: escoger las asignaturas por las que comenzar. Dado que unas son más pesadas que otras, en cuanto a su carga de contenidos, su duración o su dificultad, aquí cada uno es libre de resolver un orden determinado. Algunos métodos prefieren comenzar por las asignaturas más llevaderas; otros, al contrario. Un método bastante razonable es ordenar el estudio de las asignaturas en función de los diferentes tipos y grados de actividad mental, yendo de menos a más en la medida de lo posible, cumpliendo siempre con lo programado o bien sin dejar atrás demasiado trabajo. No es lo mismo realizar un comentario de texto literario que solucionar problemas matemáticos, ni es lo mismo el método de estudio en historia o filosofía que en física y química, o en latín. Cada materia tiene su especificidad y, a menudo, la dificultad de las asignaturas es cuestión de gustos. Unas veces podemos compaginar tareas difíciles con otras fáciles; otras, trabajaremos la resolución de problemas con un poco de estudio; otras, leeremos y traduciremos para luego comentar algunos textos; en ocasiones, nos aplicaremos con un gran volumen de apuntes de dos asignaturas; y así un largo etcétera de posibilidades. Muchas veces, la propia dinámica del curso impondrá estas pautas, así que conviene cumplir con los programas del curso; ahora bien, siempre y cuando se vayan llevando a cabo de un modo competente.

   ¿Cómo hacer un buen repaso? ¿Qué es “repasar"?
   Una vez que vayamos estudiando, prestaremos especial atención a la forma de organizar el repaso de las materias y a la de preparar nuestros esquemas, resúmenes y ensayos de examen. Un plan de estudio no se entiende si un plan de repaso, ya que con él se gana en comprensión y en claridad de ideas. El repaso proporciona una visión de conjunto sobre lo estudiado, aportando ideas, perspectivas y temas relacionados. Si hacemos bien nuestro trabajo, procurando que las interferencias entre el estudio y el repaso sean mínimas, reforzaremos los conocimientos adquiridos, y sin lagunas. Normalmente, la manera de repasar empieza tema por tema, recordando toda la información vista oralmente o de forma escrita, haciendo esquemas o resúmenes; a continuación, repetimos mentalmente el tema, esta vez a partir del esquema; luego, consultamos dudas y rellenamos vacíos para completar las notas y el esquema, rehaciéndolos si es preciso; finalmente, volvemos a repetir mentalmente todo el tema, juntando lo recordado y lo olvidado. Este tipo de repaso al día siguiente de haber estudiado es muy eficaz. Lógicamente, si es preciso volver sobre nuestros pasos, se hará las veces que sean necesarias, y acudiremos a las fuentes de información que nos puedan solventar las dudas, pero sin obcecarnos en exceso; no olvidemos que, al fin y al cabo, uno debe responder a las preguntas o a los problemas que se le planteen. El repaso funciona de forma gradual y, como el estudio, al principio se hará difícil, pero luego irá facilitando nuestra tarea en favor de un ejercicio mental de síntesis, relación de ideas y memoria. Evidentemente, realizar una síntesis de toda la materia será necesario, con el fin de lograr una visión de conjunto de todo, pero uno de los ejercicios de repaso más significativos, por su eficacia, se centrará en intentar adivinar las preguntas del examen de Selectividad y responderlas. Dedicar tiempo para elaborar exámenes con los que autoexaminarse y simular las preguntas que probablemente nos tocará responder es una de las mejores maneras de entrenarse para la Selectividad. Los profesores pueden contribuir a este tipo de tareas en la medida en que vayan planificando sus exámenes también como ensayos para la prueba.

Ansiedad de Exámenes    ¿Qué se puede hacer para controlar la ansiedad que nos irá generando toda esta actividad?. Reaccionar con tensión frente al estudio y los exámenes es algo perfectamente comprensible y que no tiene por qué ser interpretado negativamente. De hecho, puede aprovecharse favorablemente como un estímulo positivo si vamos preparando la Selectividad, o incluso la prueba de acceso a la Universidad para mayores de 25 años, en condiciones aceptables. Esta ansiedad normalmente se relaciona con la autoconfianza y el miedo al fracaso; teóricamente, se justifica si no has preparado bien el examen, o bien incrementa tu motivación y tu preocupación por el tema cuando la preparación es óptima. Estar motivado y con ganas de hacerlo bien es importante, pero sin que suponga perder el control de uno mismo; por otra parte, sentirse preocupado, sin que ello nos haga perder el control, es bueno y puede optimizar el rendimiento. Pero esto no es fácil. Determinadas personas de por sí tienden a ponerse demasiado nerviosas cuando se examinan, incluso dejando el examen sin completar pese a tener los conocimientos y/o habilidades necesarias. Por tanto, aprender a controlar las manifestaciones de ansiedad es significativo y requiere el aprendizaje de una serie de técnicas de autocontrol fisiológico y mental. Aunque sepas cómo relajarte no quiere decir que vayas a poder hacerlo cuando te encuentres muy nervioso; ahora bien, si has practicado anteriormente y dominas la técnica, será una estrategia muy útil para controlar la tensión. No es lo mismo la teoría que la práctica.

   Recordando que el éxito depende del grado de práctica que alcancemos con cada una de estas técnicas, básicamente, nos preocuparemos de trabajar el control de pensamientos negativos (frenando tal pensamiento o sustituyéndolo por otros más adecuados) y el autocontrol fisiológico (a través de la respiración profunda y/o la relajación). Los pensamientos negativos tienden a minar nuestra confianza, presionarnos, obsesionarnos, distraernos, confundirnos; y en la mayor parte de los casos somos nosotros mismos los causantes de tanto comecocos. En estas circunstancias, debemos acostumbrarnos a planificar y a llevar las cosas a su tiempo, pero siempre sin perder de vista lo que estamos haciendo. Por tanto, quizá lo más importante es saber cambiar el foco de atención y concentrarse en la tarea que se está realizando, ya sea repasar, leer o mirar por la ventana. Para no meternos en el pensamiento que nos joroba a veces funciona fijarse en recuerdos agradables. El resto del trabajo mental, lo hará la preparación que vayas poniendo de tu parte (desde luego, si no te lo preparas, lo lógico es que suspendas, así que no te pongas ni nervioso ni nada, tú mismo). Si en condiciones normales sigues creándote estrés o quedándote en blanco, pese a ir trabajando estos aspectos, sería conveniente hablarlo con el psicólogo del centro escolar o con uno privado.

   El autocontrol fisiológico de la ansiedad o de la tensión es importante, ya que el estudio no es sólo un entrenamiento mental. De hecho, cuando de nervios se trata, pensamiento y mente se unen con claridad. Así, cuando estemos estudiando, es muy recomendable realizar ejercicios físicos no sólo para estirar las articulaciones, sino también para eliminar tensión con el fin de relajarnos; lo importante es que no nos agoten demasiado. Por lo demás, manejar la respiración profunda para relajarse es una estrategia de autocontrol muy útil con la que mantenerse tranquilo ante una situación estresante. Darnos cuenta de ello no es fácil y para que sea efectiva, debemos practicarla con anterioridad y asiduidad, buscando un ambiente apacible, silencioso y con una buena temperatura y ventilación. En la medida de lo posible, nos acomodaremos, bien tumbados o bien sentados y con la espalda totalmente apoyada en el respaldo. Una vez preparado este entorno, el ejercicio consiste en ir realizando una serie de respiraciones profundas, pero lentas, a fin de ir concentrándose en la sensación de tranquilidad que produce el movimiento de la respiración. No debemos tener prisa, ya que de lo que se trata es de concentrarnos en nosotros mismos
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